Para Navarro: Juegos de Rol
Reventado, el mago entró en la taberna y se dirigió a la barra. Después de pedir una jarra de hidromiel, estudió con detenimiento su túnica. Tela no de segunda, sino de tercera calidad, ya rasgada, era todo lo que había podido permitirse hasta el momento.
Suspiró.
Junto a él se sentó un alto elfo de brillantes ropajes. Pelo liso y rubio, sin una mota de polvo en la ropa que no fuese por unas manchas de barro en las botas debido a los charcos lodosos del exterior, era la misma imagen de la perfección. Este ser, al igual que él minutos antes, dejó su arco a un lado y se dispuso a pedir un vaso de vino de la región.
Contempló al mago con cierta lástima. Este último habló finalmente.
—Nuestro amo es muy cruel.
El elfo, sin cambiar rasgo alguno de su rostro, le contestó.
—Digamos que más bien desafortunado en el juego.
—¿Desafortunado? —preguntó el lanzador de hechizos con cierta ironía—. ¡Mírate y mírame! ¡Servimos al mismo jugador y mira qué diferencia! Mi turno: saca un dos con los dados, me caigo al suelo preparando un hechizo, los ladrones se aprovechan, me pegan una paliza, me roban el dinero, la ropa, y tengo que regresar a la ciudad en un barril.
Hizo una pausa breve para pegarle un sorbo a su jarra.
—Tu turno: Un seis. No solo matas al jefe de los bandidos con una flecha en la frente, sino que encuentras el tesoro que tenían oculto y decides regalar la mitad a los huérfanos que ahora te veneran como a un dios. ¡¿Dónde está la igualdad?! ¡¿Por qué ya eres nivel 12 cuando yo no he alcanzado ni el 8?!
El elfo le dio una palmada en la espalda.
—Dale tiempo y verás. Con tiempo seguro que la suerte vendrá a ti y perfeccionarás tus habilidades.
—Ya, bueno, mientras sea algo más potente que esta chispita del tres al cuarto para iluminar mazmorras… de las que salgo herido de todas maneras…
Sintió cómo la hidromiel empezaba a hacer efecto en su organismo. Era lo que necesitaba.
—He pensado en algo —afirmó de repente a unas orejas élficas siempre receptivas.
—Sorpréndeme.
—Control de líquidos.
—¿Control de qué?
—Líquidos. Fluidos. Material acuoso —especificó—. Si soy capaz de controlar líquidos, cambiar sus temperaturas a mi antojo, sería capaz de hacer hervir la sangre. Sería capaz de explotar el cuerpo de un ser vivo literalmente. ¡Sería genial! ¡Solo necesitaría unos puntos más de experiencia, nada más! ¡Sería imparable!
El elfo sonrió. Se alegró de que su compañero recuperase el entusiasmo necesario para seguir adelante. Además… por mucha, o poca suerte, que tuviese su amo a la hora de jugar a los dados, la culpa no recaía únicamente sobre él.
El máster. Ese ser omnisciente que controlaba todas las acciones de cada personaje. Él era la cara oculta detrás de todas las esquinas de cada aventura. La gran amenaza. Pero… ¿qué podían hacer contra él o para favorecer sus futuros? No lo sabía… y eso le carcomía.
Dejó su vino rojo sangre sobre la barra. Tanto pensar en aquella criatura omnipresente le hacía volverse paranoico. De todos modos, hiciese lo que hiciese, no cambiaría nada. Necesitaba cambiar de aires, buscar aventuras diferentes… tal vez en el Norte… donde las montañas heladas.
Una idea surgió entonces en su mente. Se dirigió al mago encorvado junto a él.
—¿Te dice irte de viaje?
—¿Adónde? —gruñó el segundo—. No tengo ni dinero para la posada.
—Ya te invito yo, pero no nos descarrillemos.
Se aclaró la voz.
—Hay un hombre, un guerrero, que recluta a aventureros como nosotros para misiones épicas. Dicen que es un enviado directo de él.
Y con él se refería obviamente al todopoderoso máster.
—Con que movamos los hilos adecuados, podríamos favorecer nuestros destinos considerablemente.
—Sabes que eso de trabajar para enchufados…
—Nada de eso. Parece ser que su fama no es resultado de sus amistades o amo, sino de sus propias acciones. Un héroe hecho y derecho. Podría servirte para ganar el par de punto de experiencia que te faltan.
El mago se quedó pensativo.
—¿Y eso héroe tuyo… tiene nombre?
—Nórdic. Se llama Nórdic.

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