Para Kiwi Girl: Maid Café
—¡Bienvenido a Crème Pâtissière! ¿Mesa para cuántos?
—U-uno, por favor.
Intentando esconder el sonrojo de sus mejillas con el cuello de su chaqueta, Hayato se dejó guiar por la atractiva nueva recluta de uno de los Maid Cafés más famosos de la zona. De haber sido una veterana, habría sabido inmediatamente que las visitas del joven adulto al local se hacían en solitario, hecho que agradecía por una simple razón.
—Le dejo la carta para que…
—Un trois chocolats y un café au lait —pidió sin pestañear con una voz tímida, pero segura.
La empleada le dirigió una sonrisa de cortesía.
—Muy bien. Enseguida le traigo su pedido.
«No hay prisa», habría añadido si la vergüenza se lo hubiese permitido.
Hayato no era fan de este tipo de establecimientos. Café de sirvientas donde el cliente era servido como amo y señor… Sin embargo, cierto era que los colores, el trato o el menú basado en repostería francesa aportaban a este lugar un toque mágico del que uno no quería liberarse.
No, él no estaba aquí para eso. Empezó a escanear la sala en busca de su verdadero objetivo. Delantal impecable, cabello castaño largo recogido en una coleta, una sonrisa en los labios… Sí… allí estaba su motivo de visita.
—Aquí tiene. Si necesita algo más, no dude en pedírmelo.
—Gracias.
Esperó a que la maid se alejase para sacar de su mochila una libreta, así como un set de lápices y bolígrafos. La abrió justo donde estaba el marcapáginas. Ahí, sobre un fondo blanco, una joven a medio dibujar había captado todo su talento como artista.
Acarició un extremo del papel con la yema de sus dedos.
Sakura… Compañera de clase que asistía a los mismos cursos de Bellas Artes que él. Demasiado hermosa para existir de verdad.
No, tampoco era de este tipo de depravados que perseguía a la chica de sus sueños en las callejuelas esperando una oportunidad para asediarla. Estaba simplemente… enamorado. Aun así, por más oportunidad que tuviese para confesarle su amor, dado que se conocían perfectamente, habían intercambiado teléfonos y algunos de sus amigos era a la vez los suyos, no lograba lanzarse. ¿Demasiado miedo al rechazo? Posiblemente. Ella era especial. Se merecía a alguien especial. No a un perdedor como él.
No obstante, nada le impedía soñar.
Empezó a retocar los rasgos de la cara. Era siempre la parte más difícil pues era donde se reflejaba el alma de una persona. Un trazo mal hecho y le tocaría volver a empezar toda la zona. No le molestaba, más en un ambiente como este. Choux à la crème, mille crêpes, fondants au chocolat… Todo la hacía parecer una princesa en un castillo encantado. De pirata sobre el papel, con tatuaje, al natural… nada disminuía su belleza.
—Hola, Hayato. ¿Otra vez por aquí?
El joven cerró su libreta de golpe.
—Ho-hola, Sakura —respondió sin pensar.
No la había oído llegar. ¿Lo había visto? ¿Qué había visto?
Ella se inclinó hacia él.
—¿Tienes un minuto? —le susurró.
—Sí… claro.
Sakura se sentó y respiró hondo. De haber estado en su casa, se habría abierto completamente de piernas, con un vaso de bebida azucarada en una mano y unas patatas saladas en la otra, pero tenía que mantener la compostura. Hayato intentó esconder el atisbo de sonrisa que empezaba a aparecer en su cara.
—¿Un día duro? —aprovechó la pregunta para apartar la libreta sobre una silla conjunta y evitar cualquier curiosidad excesiva.
—Ya te digo. Los de la mesa tres, allí —añadió señalando con la cabeza sutilmente— son unos tocapelotas de primera.
—Esa boca…
Ella levantó una ceja. Vestida de sirvienta o no, nada podía esconder su peculiar personalidad. Eso la hacía aún más encantadora.
Hayato se espabiló.
—¿Qué ocurre?
—El martes me va a ser imposible ir a clase. Motivos familiares. —Sakura suspiró—. ¿Crees que podrías pasarme los apuntes? Te invito a lo que tú quieras la próxima vez. Lo juro.
Nuestro protagonista no desvió la mirada.
—No es necesario que…
—Insisto. No puedo pedir algo a cambio de nada.
—¡No me debes nada! —aseguró, eufórico en su interior de que le debiese un favor—. Además, somos amig…
El teléfono empezó a sonar en su bolsillo. Lo sacó.
—Perdona. Tengo que contestar.
—Adelante.
Y lo que llegó a ser euforia pasó a ser preocupación y nerviosismo. Sin colgar la llamada, empezó a recoger su material para guardarlo ante unos ojos femeninos intrigados. La cara de Hayato empezaba a mostrar cierta gravedad, por lo que ella acabó por levantarse y ayudarle a ponerse la chaqueta.
—Vete. —Le volvió a susurrar.
—La cuenta —le respondió él con la misma intensidad.
—Ya me encargo yo. Vete.
—Gracias.
Salió disparado sin mirar atrás al ser la prioridad otra en aquel momento. Ya volvería.
Ya más calmado, en su habitación, Hayato se tumbó sobre la cama. Vaya día… Nada excesivamente grave, al fin y al cabo, pero que te contactase el casero para decirte que el agua del cuarto de baño se estaba filtrando y estaba cayendo al piso del vecino inferior le había obligado a regresar corriendo al piso. El problema se solucionó a las pocas horas, mas la carrera que se había pegado le había dejado exhausto.
Se giró sobre un costado y atrapó la mochila junto al escritorio. Ver la cara de su ángel le devolvería fuerzas.
Pero…
—Oh no… —Se puso de pie para vaciar el contenido sobre la cama sin piedad—. ¡Oh no!
No estaba. La libreta no estaba. En su salida precipitada, la había dejado en aquella estúpida silla al alcance de todos.
Apretó fuertemente una de sus manos contra su rostro. ¡¿Cómo podía ser tan estúpido?! Si alguien viese… si ella viese…
Atrapó el teléfono de rebote. Tenía que llamar. ¿O no? ¿Si llamaba no iba a ser peor? ¿Y si ella no tenía la libreta? Se pondría a buscarla y entonces vería… Esto no podía estar ocurriendo.
Una vibración en su mano lo sorprendió.
—No puede ser…
El nombre de la pantalla luminosa que tanto ansiaba le estaba llenando de un temor atroz. ¿Por qué el destino le estaba jugando una tan mala pasada? ¿Qué había hecho él de malo?
—¿Hayato? —La voz de Sakura sonó clara como el agua.
—Sí —contestó intentando no atascarse—. Soy yo.
—¿Todo bien? —preguntó ella preocupada—. Me refiero a lo de antes.
El joven pudo tranquilizarse. Era una llamada informativa.
—Sí —afirmó ya más calmado—. Un problema con el casero. Nada importante. Te devolveré el dinero mañana.
—No te preocupes por eso. —Pausó—. Hayato…
—Dime.
—Te olvidaste la libreta aquí.
El cuerpo calmado se volvió a tensar. Era su fin. El apocalipsis. Ya lo había visto y no podía pegar marcha atrás.
—¿Hayato?
—Sí, sí… Estoy aquí. Estoy aquí…
Se quedaron en silencio un momento… hasta que ella retomó la palabra.
—Ya lo sabía.
Nuestro protagonista levantó la cabeza repentinamente.
—¿Cómo?
—No eres muy bueno disimulando.
Su cara adoptó la pigmentación del tomate. ¿Qué podía decirle? Daba igual cómo lo plantease, a ojos de la sociedad parecía un maldito obseso. Sin embargo, ella ya lo sabía. ¿Por qué entonces no había dicho nada?
Tirados al agua, reunió suficiente coraje para preguntar por la continuación de, al menos, una posible amistad.
—¿Y ahora qué?
—¿Respecto a qué? —le interrogó sin maldad escondida.
—Lo nuestro. ¿Vas a… pedirme que me aleje?
—No —contestó ella con calidez—. Voy a pedirte que me invites a un café.



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