Para Bannar: Miss Sensuality
—¿Por qué?
—Porque era una provocadora. ¡Una guarra! No se merecía la fama que tenía. Miss Sensuality… ¡Miss Sensuality, mis cojones!
—Porque era una provocadora. ¡Una guarra! No se merecía la fama que tenía. Miss Sensuality… ¡Miss Sensuality, mis cojones!
Detrás de la mesa de interrogatorios, el culpable había confesado. De todas maneras, de no haberlo hecho, no habría tenido escapatoria alguna. Las pruebas estaban en su contra.
Bannar salió de la sala y se frotó la cara. Estaba cansado, bajo de moral. ¿Cómo la gente podía llegar a ser tan…? Las palabras le faltaban. Demasiado cansado de este trabajo, de mantener el equilibrio y la justicia en una ciudad que no se lo merecía.
Miss Sensuality… Una de las Youtubers de moda que hacía furor entre adolescentes y jóvenes adultos, o no tan adultos. El asesino, un hombre caucásico de unos treinta y ocho años, había conseguido dar con su dirección, en principio desconocida al público. Internet… un mundo de falsa seguridad.
Escupió al suelo recordando el lugar del crimen. Ella, sentada ante su ordenador, vestida como una muñeca, peinada a la última, uñas perfectamente pintadas. Obviando el corte profundo en su garganta, cualquiera pudiera haber creído que la chica iba a realizar una nueva grabación. El asesino había forzado la puerta y ella se había defendido sin éxito. Ni tiempo había tenido de mandar una señal de socorro.
Si la hubieseis escuchado como lo hacía yo… Si la hubieseis conocido como la conocía… Habríais hecho lo mismo.
Horas después de haber sido violada, limpiada, vuelta a vestir, ya no quedaba nada, ni siquiera el olor de su perfume corporal en el aire. Miss Sensuality había desaparecido. De no haber sido por la cámara de una tienda cercana que captó al fugitivo y sangre seca sin limpiar del varón sobre uno de los pósters que decoraban la habitación, la muerte de esta jovencita habría caído en el olvido… al igual que una noticia en la Red después de años. Irónicamente se podía decir que una grabación la había vengado. El resto… marcas de arañazos en la piel masculina, un par de moratones… y caso cerrado al instante.
—Mierda de ciudad.
Sensualidad… Si al menos hubiese sido cuestión de eso… Escotada, maquillada hasta los topes… sus comentarios subiditos de tono rozando la pornografía verbal… Lo único que conseguía con ello era que un hombre se empalmara al igual que ojeando una revista para adultos y la dejara de lado una vez la paja acabada. ¿Sensualidad? No. Eso no era sensualidad.
Era la presentación de un trozo de carne.
Esperando a que el semáforo se pusiese en verde, contempló a través de la ventanilla de su coche la vida nocturna que le rodeaba. Todas y cada una de aquellas luces… ¿Cuántas de ellas se apagarían en las futuras noches?
Sensualidad…
Una leve sonrisa se dibujó finalmente en sus labios. Bajó los párpados un par de segundos, solo para visualizarlo todo. Aquel pelo enmarañado… el contorno de su silueta…
Apretó el acelerador. Ya faltaba poco para llegar. ¿Adónde? Donde su corazón podía relajarse y excitarse al mismo tiempo. No, no todo era puramente sexual, aunque esta parte no restaba ni una pizca al ímpetu de regresar… Era todo lo demás. Era alguien especial… Alguien muy especial.
Se dejó atrapar del brazo y llevado sin objetar hasta el dormitorio, en silencio. Siempre en silencio. Con suavidad, sin prisa, le desabotonó la camisa. Un albornoz recubría su preciosa figura. Era tan tarde… y, en cambio, allí estaba, para él, sin rechistar.
—Ha sido un día muy largo.
Ella asintió con la cabeza para después poder remontar lentamente su garganta con la punta de la nariz. La abrazó… La protegió… Una mano serpenteó sin vergüenza debajo de la tela de aquel delgado albornoz y acarició la piel que allí residía. Unas miradas se cruzaron. Unos labios se enlazaron. Era muy tarde… pero nada le impediría probar el sabor de su boca una última vez, antes de dejar este mundo nauseabundo para alcanzar el de los sueños, junto a su ángel guardián.
Acopló su cuerpo al suyo una vez protegido por las sábanas. Su olor… su calor… No podía pedir más. No «quería» pedir más, salvo poder vivir un día más junto a ella, siempre ella… escuchando las palabras de una diosa sin voz, capaz de transmitir tanto y más, solo con su simple existencia. Tanto y más… tanto y más…
Las horas pasarían, la luz del día volvería y se marcharía. Sin embargo, regresaría, como cada vez, como cada noche, por este paraíso sobre la Tierra. Por esta mujer que tanto estimulaba sus sentidos… y «más» porque la amaba. Su razón para seguir adelante. Su motivo para adorar la vida con todas sus formas y locuras.
Ella sí era sensualidad.

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