Para Las Hermanas Magus: La ladrona y el dragón
PARTE 2
Inspeccionó la mansión una última vez. Desde su
posición no parecía haber peligro alguno, a no ser que considerase peligrosos a
los dos borrachos que salieron dando tumbos o a la parejita con intenciones más
que claras en busca de un refugio apartado de miradas ajenas.
Era el momento.
Con agilidad y premura, salió de su escondite para
camuflarse en la sombra del gigantesco pabellón ante ella. Sin embargo, en vez
de quedarse allí para llevar a cabo su plan de infiltración, lo bordeó para
llegar a la parte lateral del dominio donde una gran hiedra se había apoderado
de la pared exterior. Desconocía los años que se había necesitado para que
dicha planta obtuviese este tamaño. Dicho esto, este dato desconocido no supondría una molestia a la hora de proceder con lo preestablecido.
Un pequeño gruñido se hizo percibir a sus espaldas,
así como un ligero movimiento de la mochila con la que iba cargando. La ladrona
la sacudió sin maldad para llamar la atención del que allí se mantenía
escondido. Le murmuraría las siguiente palabras con seriedad.
—¡¿Qué te he dicho?! ¡Nada de ruidos hasta que
estemos en lugar seguro!
La mochila se detuvo, acción que se ganó un suspiro
casi inmediato de la muchacha. Tenía que mantenerse serena y, para ello,
necesitaba silencio.
Comprobó dónde estaban las ramas más gruesas para
poder iniciar la subida. No podía entrar por el pórtico y la entrada para
sirvientes era un arma de doble filo. Tan fácil podía resultar ser descubierta
como no. Tal vez la mejor opción era romper una de las ventanas de la planta
inferior, pero a qué precio…
Alcanzó el balcón y se deslizó por encima de la
barandilla. Eran estas pequeñeces las que la hacían sentirse viva. Sentir cómo
todo pendía de un hilo o de la capacidad de una ramita cualquiera de soportar
su peso. Sonrió brevemente de satisfacción antes de regresar a la concentración
más absoluta.
«¿Y ahora qué?»
Nadie le facilitaría participar en esta fiesta a la
que no había sido invitada, conclusión normal a la que cualquiera llegaría. Puerta
cerrada, cortinas echadas… Tan solo comprobaría que nadie estuviese en el
interior tomándose ciertas «licencias» para poder proceder a la extracción del conjunto de ganzúas del bolso atado a su cintura y seleccionar a la elegida
para la tarea.
Un par de sonidos metálicos después estaba dentro.
Apretó los labios por un instante. Estar en el dormitorio principal de la
mansión no le hacía gracia. Los dragones tenían muy buen olfato. El propietario
sabría, tarde o temprano, detectar su presencia tras poner un pie allí dentro.
Daba igual. Si conseguía acercarse a la sala del tesoro, se defendería del
mismísimo Kirim con un tecnicismo: «nadie dijo que tenía que ser por el
pabellón…». Además, no tenía ningún interés en robar una bata de seda del
armario de este ser para un posible trueque o contrabando, el nombre que se le
pudiese dar a un robo de tan bajo calibre. No. Ella aspiraba a más.
Había estado vigilando la mansión desde hacía días,
tal vez semanas. El horario de los criados, la hora del cierre, las costumbres
del dueño…
—Para un dragón poseedor de tanta fortuna, poco caso
le hace a su tesoro —farfulló ella en aquel momento desde su puesto de
observación, prismáticos en mano.
Debía de haber otro acceso. Dada la falta de
apariciones del dragón delante del pabellón, su mente no aceptó otra solución.
Ahora bien… ¿Dónde podía estar?
Reconoció el vestidor anexo al dormitorio. La bata
le traía sin cuidado, pero el resto…
—Vaya… derroche…
Túnicas con bordados dorados, seda, cachemira… Los
dragones eran dragones por un motivo. Se aclaró la voz con cierto descontento.
No era lo que necesitaba. Eso sí, un poco más abajo a la derecha…
Inspeccionó los calzados uno a uno. Tenía que estar
gastado, pero no precisamente de exterior. Si el tesoro estaba aquí, debía de
ir a revisarlo con regularidad y costumbre equivale a rutina más comodidad.
—Muy bien, amiguete. Tu turno.
Aunque, antes de abrir la mochila que ya empezaba a
moverse de manera escandalosa, sopesó el riesgo que conllevaría liberar a este
pequeño monstruo. Su intuición le decía que la entrada debía de estar en esta
misma planta, dadas las desapariciones del anfitrión durante largas horas en el
primer piso. A menos que tuviese una amante, lo que tampoco podría ser porque
el punto de encuentro sería el dormitorio donde seguía encontrándose en este
preciso momento, no tenía motivos para alargar de más sus paseos por estas
superficies. ¿Algún pasatiempo como… la pintura… en una habitación aislada? Era
un riesgo que nuestra ladrona estaba dispuesta a correr. Por otra parte… que su
monstruito optase por deslizarse escaleras abajo y asustar a los huéspedes… no
tanto.
—Quien no arriesga, no gana.
Abrió la mochila. De ella aparecieron primero dos
largas orejas cuyas extremidades eran revestidas por unos pompones de color
negro. La joven no esperó mucho más y sacó al roedor de su refugio de cuero, el
cual, al sacudirse tras notar al fin la libertad, hizo brillar su pelaje
cobrizo. El pequeño mamífero empezó a olisquear por doquier.
—¡Mika! ¡Aquí! —ordenó la ladrona de manera casi
inaudible al sentarse.
El roedor se colocó sobre las rodillas femeninas.
—Atenta. —La miró profundamente a los ojos para
poder proseguir—. Buscamos rastros recientes. NO al dueño de estos zapatos. Los
últimos rastros. Los más numerosos. El resto no nos importa. ¿Entendido?
Entendido o no, esperó unos segundos a que Mika
dejase de moverse para acercarle el calzado. El animal entró entonces en trance
y se despegó de la joven para dirigirse a la puerta que daba al pasillo.
«La suerte está echada.»
Sin embargo, antes de abrirle paso a su sabueso
particular…
—¡Nada de ir a lo loco! Tres pasos delante de mí. No
más. Si viene alguien, directa a la mochila.
Esperó unos segundos más. Así se comunicaban, sin
más explicaciones.
Comprobó que hubiese vía libre y dejó que el susodicho
monstruito hiciese sus trucos de magia. Nada mejor que los mikinos para seguir
huellas, rastros o encontrar pistas en pequeñas distancias. Fáciles de
transportar y, sobre todo, de alimentar. La mascota perfecta.
Giraron a la izquierda, lo cual alegró a la ladrona
que pudo al fin abandonar la idea de un plan B por si la ruta a seguir se
encontrase en la planta baja. No tendría que preocuparse por el hecho de tener
que sedar a determinada sirvienta o invitada. Una posibilidad más de no acabar
chamuscada por la bestia de estos dominios… o algo por el estilo.
Siguieron hacia el ala este de la mansión. Tapices
decoraban las paredes, al igual que jarrones los pasillos principales de este
pequeño palacio. Mika, sin levantar la cabeza, siguió con el rastreo. Evitaron
lo que parecía ser la zona reservada a la estancia de los huéspedes. Era normal
que la supuesta entrada no se encontrase allí, mas, visto lo lejos que se alejaban
de la ubicación del pabellón, la joven no pudo evitar sentir el nerviosismo
recorrer sus venas. Un estornudo del roedor la hizo sobresaltarse antes de
sonreír por inercia.
«Malditas alfombras…»
Así pues, seguirían su camino hasta llegar por fin
al fondo de un corredor delante de cuya última puerta a la derecha se detendría
el animal. Sencilla, sin ninguna peculiaridad especial que no fuese aquella
cerradura… y ya era mucho decir, pues era una copia idéntica de cualquier otra cerradura
de cualquier otra puerta de cualquier otro pasillo de esta construcción.
Recogió al mamífero del suelo y lo colocó en la
mochila sin llegar a cerrarla.
—Tú has acabado por hoy, peque —comentaría mientras
añadiría unas cuantas nueces Nagan junto a Mika.
No podía ser tan fácil. O eso o se había equivocado
de cabo a rabo. Se quedó pensativa un momento y masticó una nuez. Estudió la
madera, los hierros en relieve con forma de viña que la ornamentaban, la
cerradura en sí… No parecía que hubiese mecanismo alguno que activase una
trampa. El picaporte tenía muestras de haber sido empuñado más de una
vez y una larga, pero fina, marca lineal lo recorría de manera horizontal.
—En fin…
Sacó sus ganzúas. Era cierto que debía de ser un
modo de acceder más «directo», pero… sin nada que la obstaculizase, ni cables
en medio del camino… Asimismo, de haberlos puesto, hubiese cantado demasiado.
No se comió más la cabeza y comenzó aquello para lo
que había practicado durante años. No obstante, después de unos largos diez
minutos, seguía sin poder abrir el cierre a primera vista la mar de sencillo.
—¡¿Qué le pasa a esta cerradura?!
«Esto pinta mal.»
Se detuvo. Tenía que pensárselo mejor o se quedaría
sin tiempo. La fiesta no iba a durar para siempre y Mika acabaría también por
cansarse. ¿Abortar? No. Ella podía hacerlo.
«Mente fría.»
Analizó de nuevo cada detalle al milímetro.
«Siempre puedo amenazar a un sirviente… pero… ¿Y si
no está al tanto? O peo…»
Se quedó quieta un instante. Algo no cuadraba. Sí,
el picaporte tenía claras muestras de desuso, lo cual era normal, mas… ¿Por qué
brillaban más de lo normal los relieves de la parte inferior de la puerta?
«Aguarda un momento… No. No puede ser… Mira que soy
estúpida…»
Movió la cabeza hacia un lado para reflejar su disgusto.
Alguien como ella no podía errar así. Por otro lado, la contrariedad fue rápidamente
reemplazada por una sonrisa picarona al inclinarse hasta quedarse de cuclillas.
Puso las manos sobre los relieves, respiró hondo y…
«¡Abracadabra!»
Levantó con fuerza la puerta hasta que el picaporte
indicase el tope. Una puerta corredera hacia arriba…
—Ya no las hacen como antes… —pronunció ella
risueña, paso previo a pasar la mitad superior por el hueco resultante e
inspeccionar el interior.
Unas escaleras mostraban una bajada evidente de más
de un piso. ¿Para qué construirlas en una primera planta si el objetivo era
llegar al sótano? En fin… dragones y siempre dragones.
Evitó que su posible vía de escape se cerrase del
todo bloqueándola en su base. Si alguien se percataba de ello antes de que
volviese a salir, pues… que fuese a buscarla para reclamar. Ella no se quedaría
a esperar.
Frotó dos cristales juntos para que de sus
interiores brotara una suave luz verdosa. No era mucho, pero suficiente para no
resbalarse y llegar de mala manera al fondo. Sí… Este debía de ser el camino,
más a sabiendas de que no existía la presencia de antorchas. ¿Para qué? Los
dragones eran y seguían siendo sus propias fuertes de luz.
La cimentación era definitivamente de buena calidad,
pero los años le habían pasado factura, por lo que bajar con cautela no era una
precaución tomada en vano. No tenía que ir más lejos para darse cuenta, y de
sobra, que este sitio no era como los demás. Más abajo, una doble serie de
finas cadenas descendía desde el techo hasta el suelo. Tiró de una de ellas
para asegurarse de que ningún dispositivo, artilugio, se activase sin querer.
Nada. ¿Por qué cadenas pues?
Mika se removió en la bolsa.
—¡Ya vamos! No seas impaciente.
La respuesta llegaría poco después cuando, tras adentrarse
en la sala contigua, sería capaz de observar unos muros de vegetación que
recreaban lo que a primera vista parecía ser un laberinto de dimensiones
impresionantes.
—Que me aspen…
Y no era todo. Sobre cada muro, cada esquina que
giraba hacia un destino desconocido, resaltaban unas preciosas rosas azules
cuyo perfume embriagaba la sala. La totalidad iluminada por…
—Hadas lunares…
El roedor aprovechó el atontamiento de la ladrona
para escaparse. Hadas lunares... Criaturas sobre las cuales la joven solo había
podido leer en la biblioteca de su ciudad natal. Nocturnas, obvio, sus alas
tenían la capacidad de brillar en la oscuridad como luciérnagas en las noches de
verano. Este lugar era mágico y, con ello, se quedaba corta.
—Sé que no debería, pero… Esto es maravilloso.
Guardó los cristales para reemplazarlos por un par
de hojas de papel donde había copiado una serie de indicaciones y un mapa. No
obstante, por más vueltas que le diese a esta representación gráfica del subsuelo
del pabellón, no llegaba a cuadrar los datos con su localización actual.
—Aquí no hay espadas… ni saltos descabellados… ni engranajes
que mueven paredes… creo. Además, nadie dice nada de «hadas»… y mira que son
evidentes de reconocer.
El mapa en cuestión era una especie de réplica de
los supuestos intentos fallidos de ladrones o curiosos anteriores. Con cierto
desconcierto, la muchacha empezó a creer que, uno, o le habían tomado el pelo… o
dos… dado que no había entrado por el pabellón, a lo mejor ya había saltado la
cámara o cámaras a las que hacían referencia estos extractos del año de la
picor. Y esas cadenas… No eran para impedir la «llegada», sino para evitar que
estas pequeñas criaturas se escapasen o saliesen volando hacia la mansión. Eran
realmente preciosas. ¿Tal vez eran ellas las encargadas de mantener el área en
buen estado? Entonces era mejor no incordiarlas.
—Dicho esto… ¿Y ahora qué?
Si se lanzaba a diestro y siniestro, ¿cuáles eran
sus posibilidades de encontrar el tesoro?
«Piensa como un dragón. Piensa como un dragón.»
—No voy a prenderle fuego al laberinto. Acabaría por
incinerarme a mí misma. Y si el dueño no lo hace, ¿por qué debería?
Ante ella tres caminos similares entre sí impedían
su progreso en esta misión. ¿A lo mejor el secreto estaba en las rosas? No era
florista ni horticultora, así que por allí no tenía que inclinar la balanza.
Eso sí… Si alguien llegaba desde el otro lado del laberinto y alcanzase este
punto, ¿no le sería posible interpretar estas cadenas como la continuación del
sendero y acabar por error en la mansión?
Se dio la vuelta y, ante su asombro, se dio cuenta
de la perfecta ilusión óptica que impedía ver de primeras la entrada por la que
había accedido.
—Genial… Rutas invisibles… Algo más que añadir a la
lista.
«Piensa como un dragón.»
—El dragón ya se conoce el camino. Tendrá el mapa en
la cabeza. No necesitará que… ¡Mika! ¡Baja de allí!
En un intento de atrapar un hada, el pequeño animal
se había subido a uno de los muros y corría ahora por la parte superior como
quien salta por un valle, libre de ataduras.
Una chispa recorrió entonces el cuerpo de la joven.
«¿Por qué no?», se preguntó a sí misma.
Nadie concretó que tenía que seguir las reglas.
Avanzó por el camino de la derecha con precaución en
busca de algo que le sirviese, marcando en el suelo una ligera señal para
encontrar el camino de vuelta en caso de perderse. Lo encontraría más adelante,
junto a una fuente medio recubierta de musgo. ¿Qué exactamente? Una estatua de
una dimensión considerable de un dios marino que se hundía en parte en el muro
vegetal. Se acercó a ella y empezó a trepar por el mármol tan bien trabajado.
—Perdón… perdón…
Con algo de agilidad y suerte consiguió alcanzar la
cima. El muro vegetal no era muy estable y se hundía ligeramente bajo su peso,
pero, si andaba a cuatro patas con especial cuidado, podía hacerlo.
—Ahora… ¿Hacia dónde?
Valoró las diferentes opciones que se planteaban
ante ella.
—Por allí. ¡Mika! ¡Vamos!
Había basado su decisión en las idas y venidas de
las hadas. Dada la fotosensibilidad de estas criaturas, solo quedaba la
posibilidad de que se adentrasen más en la caverna en busca de refugio. O eso o
sin más decidió seguir una corazonada.
Así pues, continuó sin movimientos bruscos que la
desequilibrasen hasta llegar a un arco que con bastante claridad mostraba un
punto y final al laberinto.
—Ni criaturas asesinas, ni trampas mortales… Sé que
estamos en paz con los dragones y que matar tan directamente a un humano sería
como escupir sobre el tratado, pero…
Siguió avanzando, no del todo segura.
¿Tú qué opinas, Mika? Se supone que tienes dinero.
Mucho dinero. Tanto como para construir todo esto… ¿y dejas que alguien como yo
pueda entrar con total libertad… o casi, sin hacer nada? ¿Dónde está el
principio de avaricia? ¿Dónde está la pega? ¿Que no haya tesoro al final de este
túnel? ¿Y qué más?
Se volvió a detener una vez más delante de tres
grandes pasillos cuyos muros, en esta ocasión, llegaban hasta el techo.
«Se acabó lo de trepar.»
Se reajustó la coleta antes de levantar los
cristales en una nueva ocasión. Alguna que otra brecha era perceptible, mas
nada resaltaba por encima de lo demás aparte, si realmente se quería realzar
algún detalle, del suelo de los tres pasillos ante ella recubiertos de enormes
raíces que se enredaban entre ellas creando un parterre bastante característico,
todo ello envuelto en un mar de hojas secas y rotas. Tres pasillos cayéndose en
ruinas al final de un pabellón olvidado…
«Piensa como un dragón.»
—Si soy un dragón… Necesito poder entrar y salir sin
problemas.
Las raíces no parecían haber sido pisadas con
anterioridad y las hojas muertas ya había sido trituradas y vueltas a triturar
con demasiada regularidad. Por otro lado, visto el afán de este ser legendario
por la vegetación exuberante…
Decidió lanzar una piedra de tamaño reducido sobre
una de las raíces más grandes a su alcance. Nada.
—Ya… claro… Y yo me lo voy a creer…
Respiró profundamente. Su instinto básico le pedía a
gritos que no hiciese lo que rondaba por su mente, pero optó por hacerle caso
omiso. Por lo que, con mucha cautela, apoyó la punta del calzado sobre una de
las raíces e hizo presión.
El susto que se pegaría a continuación la dejaría al
borde del grito de terror. No porque hubiese visto una aberración salir de la
nada para atacarla, sino porque la raíz que había pisado había empezado a moverse
para recolocarse de mejor manera en el pasillo en cuestión arrastrando con ella
toda tierra y vegetación que se encontrase de por medio. Segundos después
reinarían otra vez el silencio y la quietud.
—Por eso no se ven los rastros… Cambian de posición
tras su paso.
No, no habían criaturas asesinas por los subsuelos
como ya contaban las leyendas. Lo que sí que había, en cambio, eran especies,
seres, de otra época… cuando la magia era común en las calles y no era raro ver
hidras en los pantanos del sur.
La ladrona bajó la cabeza. Lo que hubiese dado ella
para pertenecer a esos años de caos y, sin embargo, plena libertad…
«Ahora no es el momento.»
Se sacudió y volvió a centrarse. Fuego… Aquella
opción que parecía poder resolverlo todo sin piedad. Pero… ¿De qué podría
servir quemar unas pocas raíces? No le revelarían el resto de la senda a
seguir. ¿Usar a Mika? Dudaba que el roedor recordase el olor después de tanto
tiempo pasado y no quería correr el riesgo de perder al animalito a manos o más
bien… ¿ramas?... de un árbol enfurecido. En vez de ello, se dedicó sin mucha
amabilidad a pisar las raíces de los tres pasillos como una niña pequeña
mientras su cerebro intentaba dar con una solución.
—Pasivas son pasivas —admitió más para ella que para
un posible ser presente en la sala—. No atacan y casi no se las… oye…
Se adentró de bruces en los tres pasillos y, en cada
uno de ellos, dio un pisotón sobre la raíz más gorda. Se quedó quieta. Escuchó.
—El central.
Recolocó su mochila y avanzó rápidamente por el
pasillo elegido sin mirar atrás. El secreto no residía en las raíces, ni en las
paredes, sino en el conjunto de vegetación casi molida y las piedras encerradas
entre aquellos largos apéndices vegetales. El claro sonido a nuez triturada que
tanto conocía en comparación al silencio casi absoluto de los otros dos
pasillos…
—Este dragón me gusta.
Aunque poco mantendría dicha afirmación al
encontrarse otra vez frente a tres largos pasillos que, en esta ocasión, no
tenían un pavimento que no fuese puro mármol blanco. Copias y más copias.
—¡¿Qué problema tiene con el número tres?!
No obstante, en este caso, el número tres pasaría de
manera fugaz al olvido cuando una sensación placentera empezaría a recorrer su
cuerpo desde su mismísimo corazón. Sentía calidez… cobijo…
Cerró los ojos.
—Este camino.
Optó por la derecha sin dudar. Dejó que sus dedos
acariciasen la piedra que la rodeaba con ternura mientras avanzaba, su mente en
un plano paralelo. La calidez del hogar… ¿Cuándo había sentido esto por última
vez?
—¿Ves estos muros, Mika? Detrás ha puesto minerales
ígneos como solía utilizar la abuela en la fundición… Fuego… calor… Es un
dragón, después de todo. Tiene que dejar su marca de alguna manera. La marca de
su esencia…
No se detuvo.
—Estoy segura de que los otros dos pasillos están
fríos como el hielo. Pero… —Se puso seria—. ¿No era esta prueba demasiado
evidente? Cualquier humano puede llegar a esta conclusión solo. A menos que…
A menos que no fuera una prueba en sí, sino una
preparación. Más avanzaba y mayor se volvía el calor, el cual parecía haber
sido sacado de las entrañas de la tierra. El mamífero, escondido en la mochila,
empezó a asustarse.
—Ya casi hemos llegado. No te preoc…
Se calló. Con un movimiento fugaz miró hacia atrás.
Nadie.
«Qué raro…»
No podía detenerse aquí. De hacerlo, acabaría por
tener un mikino a la brasa a sus espaldas… y no solo eso.
—Y aquí… se acabó la fiesta.
La prueba insuperable para un humano cualquiera se
presentaba ahora ante ella. Una cueva de tamaño desmesurado… posiblemente
anterior a la venida del dragón. Enormes estalactitas apuntaban cual lanzas al
pavimento y los ruidos, sí, los ruidos, de lava fundida recorriendo la totalidad
de la cámara hacían eco contra las paredes casi imperceptibles del final.
Llamas imperecederas brotaban de aquí y allá con aleatoriedad, ajenas a
cualquier otra variable de aquel sitio. Los posibles caminos por los que se
habría podido caminar ardían cuales brasas dispuestas a quemar hasta la última
partícula de piel de un cuerpo.
¿Cómo había conseguido recrear este sitio? La joven
no tenía respuesta a dicha pregunta. Lo que sí sabía, por otro lado, era porque
el dragón dejaba entrar a cualquiera. Nadie podía atravesar este lugar. Hasta
las estalactitas parecía quemarte por dentro solo con verlas. Nadie, salvo
raras excepciones, podía cruzar lo que con tanta imponencia deslumbraba ante
ella.
—En fin… Me temo que ahora sí que no nos queda otra.
Encerró al roedor para asegurarse de que no hiciese
ninguna tontería antes de colocar la mochila delante de su vientre. Se quitó
las botas al igual que subió la tela de sus pantalones. Respiró hondo.
—Piensa como un dragón. —Sonrió con malicia—. Sé
mejor que un dragón.
Esperó hasta entrar en un estado de calma total.
Apartó las manos de su cuerpo unos instantes para apuntar a la lava con ellas.
Las posicionó como quien invita a un tercero a acercarse. Esperó… hasta que un
conjunto de llamas se aproximara.
Movió lo brazos simulando la danza de una bailarina.
Dejó que las llamas la rodeasen, la encerrasen. Dejó que creasen a su alrededor
un enorme escudo que la protegiese. En sus ojos comenzaron a encenderse los
rasgos de su raza casi extinta, capaces de hacer arder a un enemigo a distancia
de así desearlo… o eso decían esas tan famosas leyendas. Ensombreció su cuerpo,
sus pies, su piel, cual diamante en bruto recubierto de una dura capa de
carbono. Protegió la mochila con las llamas de su propio ser y comenzó su
avance lento por el abismo de estas tierras desconocidas.
«Soy mejor que un dragón.»
***
(Colgaré el final de la historia en unos días. Estad atent@s.)
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