miércoles, 17 de enero de 2018

Para Las Hermanas Magus: La ladrona y el dragón - Parte 2

Para Las Hermanas Magus: La ladrona y el dragón 



PARTE 2


Inspeccionó la mansión una última vez. Desde su posición no parecía haber peligro alguno, a no ser que considerase peligrosos a los dos borrachos que salieron dando tumbos o a la parejita con intenciones más que claras en busca de un refugio apartado de miradas ajenas.

Era el momento.

Con agilidad y premura, salió de su escondite para camuflarse en la sombra del gigantesco pabellón ante ella. Sin embargo, en vez de quedarse allí para llevar a cabo su plan de infiltración, lo bordeó para llegar a la parte lateral del dominio donde una gran hiedra se había apoderado de la pared exterior. Desconocía los años que se había necesitado para que dicha planta obtuviese este tamaño. Dicho esto, este dato desconocido no supondría una molestia a la hora de proceder con lo preestablecido.

Un pequeño gruñido se hizo percibir a sus espaldas, así como un ligero movimiento de la mochila con la que iba cargando. La ladrona la sacudió sin maldad para llamar la atención del que allí se mantenía escondido. Le murmuraría las siguiente palabras con seriedad.

—¡¿Qué te he dicho?! ¡Nada de ruidos hasta que estemos en lugar seguro!

La mochila se detuvo, acción que se ganó un suspiro casi inmediato de la muchacha. Tenía que mantenerse serena y, para ello, necesitaba silencio.

Comprobó dónde estaban las ramas más gruesas para poder iniciar la subida. No podía entrar por el pórtico y la entrada para sirvientes era un arma de doble filo. Tan fácil podía resultar ser descubierta como no. Tal vez la mejor opción era romper una de las ventanas de la planta inferior, pero a qué precio…

Alcanzó el balcón y se deslizó por encima de la barandilla. Eran estas pequeñeces las que la hacían sentirse viva. Sentir cómo todo pendía de un hilo o de la capacidad de una ramita cualquiera de soportar su peso. Sonrió brevemente de satisfacción antes de regresar a la concentración más absoluta.

«¿Y ahora qué?»

Nadie le facilitaría participar en esta fiesta a la que no había sido invitada, conclusión normal a la que cualquiera llegaría. Puerta cerrada, cortinas echadas… Tan solo comprobaría que nadie estuviese en el interior tomándose ciertas «licencias» para poder proceder a la extracción del conjunto de ganzúas del bolso atado a su cintura y seleccionar a la elegida para la tarea.

Un par de sonidos metálicos después estaba dentro. Apretó los labios por un instante. Estar en el dormitorio principal de la mansión no le hacía gracia. Los dragones tenían muy buen olfato. El propietario sabría, tarde o temprano, detectar su presencia tras poner un pie allí dentro. Daba igual. Si conseguía acercarse a la sala del tesoro, se defendería del mismísimo Kirim con un tecnicismo: «nadie dijo que tenía que ser por el pabellón…». Además, no tenía ningún interés en robar una bata de seda del armario de este ser para un posible trueque o contrabando, el nombre que se le pudiese dar a un robo de tan bajo calibre. No. Ella aspiraba a más.

Había estado vigilando la mansión desde hacía días, tal vez semanas. El horario de los criados, la hora del cierre, las costumbres del dueño…

—Para un dragón poseedor de tanta fortuna, poco caso le hace a su tesoro —farfulló ella en aquel momento desde su puesto de observación, prismáticos en mano.

Debía de haber otro acceso. Dada la falta de apariciones del dragón delante del pabellón, su mente no aceptó otra solución. Ahora bien… ¿Dónde podía estar?

Reconoció el vestidor anexo al dormitorio. La bata le traía sin cuidado, pero el resto…

—Vaya… derroche…

Túnicas con bordados dorados, seda, cachemira… Los dragones eran dragones por un motivo. Se aclaró la voz con cierto descontento. No era lo que necesitaba. Eso sí, un poco más abajo a la derecha…

Inspeccionó los calzados uno a uno. Tenía que estar gastado, pero no precisamente de exterior. Si el tesoro estaba aquí, debía de ir a revisarlo con regularidad y costumbre equivale a rutina más comodidad.

—Muy bien, amiguete. Tu turno.

Aunque, antes de abrir la mochila que ya empezaba a moverse de manera escandalosa, sopesó el riesgo que conllevaría liberar a este pequeño monstruo. Su intuición le decía que la entrada debía de estar en esta misma planta, dadas las desapariciones del anfitrión durante largas horas en el primer piso. A menos que tuviese una amante, lo que tampoco podría ser porque el punto de encuentro sería el dormitorio donde seguía encontrándose en este preciso momento, no tenía motivos para alargar de más sus paseos por estas superficies. ¿Algún pasatiempo como… la pintura… en una habitación aislada? Era un riesgo que nuestra ladrona estaba dispuesta a correr. Por otra parte… que su monstruito optase por deslizarse escaleras abajo y asustar a los huéspedes… no tanto.

—Quien no arriesga, no gana.

Abrió la mochila. De ella aparecieron primero dos largas orejas cuyas extremidades eran revestidas por unos pompones de color negro. La joven no esperó mucho más y sacó al roedor de su refugio de cuero, el cual, al sacudirse tras notar al fin la libertad, hizo brillar su pelaje cobrizo. El pequeño mamífero empezó a olisquear por doquier.

—¡Mika! ¡Aquí! —ordenó la ladrona de manera casi inaudible al sentarse.

El roedor se colocó sobre las rodillas femeninas.

—Atenta. —La miró profundamente a los ojos para poder proseguir—. Buscamos rastros recientes. NO al dueño de estos zapatos. Los últimos rastros. Los más numerosos. El resto no nos importa. ¿Entendido?

Entendido o no, esperó unos segundos a que Mika dejase de moverse para acercarle el calzado. El animal entró entonces en trance y se despegó de la joven para dirigirse a la puerta que daba al pasillo.

«La suerte está echada.»

Sin embargo, antes de abrirle paso a su sabueso particular…

—¡Nada de ir a lo loco! Tres pasos delante de mí. No más. Si viene alguien, directa a la mochila.

Esperó unos segundos más. Así se comunicaban, sin más explicaciones.

Comprobó que hubiese vía libre y dejó que el susodicho monstruito hiciese sus trucos de magia. Nada mejor que los mikinos para seguir huellas, rastros o encontrar pistas en pequeñas distancias. Fáciles de transportar y, sobre todo, de alimentar. La mascota perfecta.

Giraron a la izquierda, lo cual alegró a la ladrona que pudo al fin abandonar la idea de un plan B por si la ruta a seguir se encontrase en la planta baja. No tendría que preocuparse por el hecho de tener que sedar a determinada sirvienta o invitada. Una posibilidad más de no acabar chamuscada por la bestia de estos dominios… o algo por el estilo.

Siguieron hacia el ala este de la mansión. Tapices decoraban las paredes, al igual que jarrones los pasillos principales de este pequeño palacio. Mika, sin levantar la cabeza, siguió con el rastreo. Evitaron lo que parecía ser la zona reservada a la estancia de los huéspedes. Era normal que la supuesta entrada no se encontrase allí, mas, visto lo lejos que se alejaban de la ubicación del pabellón, la joven no pudo evitar sentir el nerviosismo recorrer sus venas. Un estornudo del roedor la hizo sobresaltarse antes de sonreír por inercia.

«Malditas alfombras…»

Así pues, seguirían su camino hasta llegar por fin al fondo de un corredor delante de cuya última puerta a la derecha se detendría el animal. Sencilla, sin ninguna peculiaridad especial que no fuese aquella cerradura… y ya era mucho decir, pues era una copia idéntica de cualquier otra cerradura de cualquier otra puerta de cualquier otro pasillo de esta construcción.

Recogió al mamífero del suelo y lo colocó en la mochila sin llegar a cerrarla.

—Tú has acabado por hoy, peque —comentaría mientras añadiría unas cuantas nueces Nagan junto a Mika.

No podía ser tan fácil. O eso o se había equivocado de cabo a rabo. Se quedó pensativa un momento y masticó una nuez. Estudió la madera, los hierros en relieve con forma de viña que la ornamentaban, la cerradura en sí… No parecía que hubiese mecanismo alguno que activase una trampa. El picaporte tenía muestras de haber sido empuñado más de una vez y una larga, pero fina, marca lineal lo recorría de manera horizontal.

—En fin…

Sacó sus ganzúas. Era cierto que debía de ser un modo de acceder más «directo», pero… sin nada que la obstaculizase, ni cables en medio del camino… Asimismo, de haberlos puesto, hubiese cantado demasiado.

No se comió más la cabeza y comenzó aquello para lo que había practicado durante años. No obstante, después de unos largos diez minutos, seguía sin poder abrir el cierre a primera vista la mar de sencillo.

—¡¿Qué le pasa a esta cerradura?!

«Esto pinta mal.»

Se detuvo. Tenía que pensárselo mejor o se quedaría sin tiempo. La fiesta no iba a durar para siempre y Mika acabaría también por cansarse. ¿Abortar? No. Ella podía hacerlo.

«Mente fría.»

Analizó de nuevo cada detalle al milímetro.

«Siempre puedo amenazar a un sirviente… pero… ¿Y si no está al tanto? O peo…»

Se quedó quieta un instante. Algo no cuadraba. Sí, el picaporte tenía claras muestras de desuso, lo cual era normal, mas… ¿Por qué brillaban más de lo normal los relieves de la parte inferior de la puerta?

«Aguarda un momento… No. No puede ser… Mira que soy estúpida…»

Movió la cabeza hacia un lado para reflejar su disgusto. Alguien como ella no podía errar así. Por otro lado, la contrariedad fue rápidamente reemplazada por una sonrisa picarona al inclinarse hasta quedarse de cuclillas. Puso las manos sobre los relieves, respiró hondo y…

«¡Abracadabra!»

Levantó con fuerza la puerta hasta que el picaporte indicase el tope. Una puerta corredera hacia arriba…

—Ya no las hacen como antes… —pronunció ella risueña, paso previo a pasar la mitad superior por el hueco resultante e inspeccionar el interior.

Unas escaleras mostraban una bajada evidente de más de un piso. ¿Para qué construirlas en una primera planta si el objetivo era llegar al sótano? En fin… dragones y siempre dragones.

Evitó que su posible vía de escape se cerrase del todo bloqueándola en su base. Si alguien se percataba de ello antes de que volviese a salir, pues… que fuese a buscarla para reclamar. Ella no se quedaría a esperar.

Frotó dos cristales juntos para que de sus interiores brotara una suave luz verdosa. No era mucho, pero suficiente para no resbalarse y llegar de mala manera al fondo. Sí… Este debía de ser el camino, más a sabiendas de que no existía la presencia de antorchas. ¿Para qué? Los dragones eran y seguían siendo sus propias fuertes de luz.

La cimentación era definitivamente de buena calidad, pero los años le habían pasado factura, por lo que bajar con cautela no era una precaución tomada en vano. No tenía que ir más lejos para darse cuenta, y de sobra, que este sitio no era como los demás. Más abajo, una doble serie de finas cadenas descendía desde el techo hasta el suelo. Tiró de una de ellas para asegurarse de que ningún dispositivo, artilugio, se activase sin querer. Nada. ¿Por qué cadenas pues?

Mika se removió en la bolsa.

—¡Ya vamos! No seas impaciente.

La respuesta llegaría poco después cuando, tras adentrarse en la sala contigua, sería capaz de observar unos muros de vegetación que recreaban lo que a primera vista parecía ser un laberinto de dimensiones impresionantes.

—Que me aspen…

Y no era todo. Sobre cada muro, cada esquina que giraba hacia un destino desconocido, resaltaban unas preciosas rosas azules cuyo perfume embriagaba la sala. La totalidad iluminada por…

—Hadas lunares…

El roedor aprovechó el atontamiento de la ladrona para escaparse. Hadas lunares... Criaturas sobre las cuales la joven solo había podido leer en la biblioteca de su ciudad natal. Nocturnas, obvio, sus alas tenían la capacidad de brillar en la oscuridad como luciérnagas en las noches de verano. Este lugar era mágico y, con ello, se quedaba corta.

—Sé que no debería, pero… Esto es maravilloso.

Guardó los cristales para reemplazarlos por un par de hojas de papel donde había copiado una serie de indicaciones y un mapa. No obstante, por más vueltas que le diese a esta representación gráfica del subsuelo del pabellón, no llegaba a cuadrar los datos con su localización actual.

—Aquí no hay espadas… ni saltos descabellados… ni engranajes que mueven paredes… creo. Además, nadie dice nada de «hadas»… y mira que son evidentes de reconocer.

El mapa en cuestión era una especie de réplica de los supuestos intentos fallidos de ladrones o curiosos anteriores. Con cierto desconcierto, la muchacha empezó a creer que, uno, o le habían tomado el pelo… o dos… dado que no había entrado por el pabellón, a lo mejor ya había saltado la cámara o cámaras a las que hacían referencia estos extractos del año de la picor. Y esas cadenas… No eran para impedir la «llegada», sino para evitar que estas pequeñas criaturas se escapasen o saliesen volando hacia la mansión. Eran realmente preciosas. ¿Tal vez eran ellas las encargadas de mantener el área en buen estado? Entonces era mejor no incordiarlas.

—Dicho esto… ¿Y ahora qué?

Si se lanzaba a diestro y siniestro, ¿cuáles eran sus posibilidades de encontrar el tesoro?

«Piensa como un dragón. Piensa como un dragón.»

—No voy a prenderle fuego al laberinto. Acabaría por incinerarme a mí misma. Y si el dueño no lo hace, ¿por qué debería?

Ante ella tres caminos similares entre sí impedían su progreso en esta misión. ¿A lo mejor el secreto estaba en las rosas? No era florista ni horticultora, así que por allí no tenía que inclinar la balanza. Eso sí… Si alguien llegaba desde el otro lado del laberinto y alcanzase este punto, ¿no le sería posible interpretar estas cadenas como la continuación del sendero y acabar por error en la mansión?

Se dio la vuelta y, ante su asombro, se dio cuenta de la perfecta ilusión óptica que impedía ver de primeras la entrada por la que había accedido.

—Genial… Rutas invisibles… Algo más que añadir a la lista.

«Piensa como un dragón.»

—El dragón ya se conoce el camino. Tendrá el mapa en la cabeza. No necesitará que… ¡Mika! ¡Baja de allí!

En un intento de atrapar un hada, el pequeño animal se había subido a uno de los muros y corría ahora por la parte superior como quien salta por un valle, libre de ataduras.

Una chispa recorrió entonces el cuerpo de la joven.

«¿Por qué no?», se preguntó a sí misma.

Nadie concretó que tenía que seguir las reglas.

Avanzó por el camino de la derecha con precaución en busca de algo que le sirviese, marcando en el suelo una ligera señal para encontrar el camino de vuelta en caso de perderse. Lo encontraría más adelante, junto a una fuente medio recubierta de musgo. ¿Qué exactamente? Una estatua de una dimensión considerable de un dios marino que se hundía en parte en el muro vegetal. Se acercó a ella y empezó a trepar por el mármol tan bien trabajado.

—Perdón… perdón…

Con algo de agilidad y suerte consiguió alcanzar la cima. El muro vegetal no era muy estable y se hundía ligeramente bajo su peso, pero, si andaba a cuatro patas con especial cuidado, podía hacerlo.

—Ahora… ¿Hacia dónde?

Valoró las diferentes opciones que se planteaban ante ella.

—Por allí. ¡Mika! ¡Vamos!

Había basado su decisión en las idas y venidas de las hadas. Dada la fotosensibilidad de estas criaturas, solo quedaba la posibilidad de que se adentrasen más en la caverna en busca de refugio. O eso o sin más decidió seguir una corazonada.

Así pues, continuó sin movimientos bruscos que la desequilibrasen hasta llegar a un arco que con bastante claridad mostraba un punto y final al laberinto.

—Ni criaturas asesinas, ni trampas mortales… Sé que estamos en paz con los dragones y que matar tan directamente a un humano sería como escupir sobre el tratado, pero…    

Siguió avanzando, no del todo segura.

¿Tú qué opinas, Mika? Se supone que tienes dinero. Mucho dinero. Tanto como para construir todo esto… ¿y dejas que alguien como yo pueda entrar con total libertad… o casi, sin hacer nada? ¿Dónde está el principio de avaricia? ¿Dónde está la pega? ¿Que no haya tesoro al final de este túnel? ¿Y qué más?

Se volvió a detener una vez más delante de tres grandes pasillos cuyos muros, en esta ocasión, llegaban hasta el techo.

«Se acabó lo de trepar.»

Se reajustó la coleta antes de levantar los cristales en una nueva ocasión. Alguna que otra brecha era perceptible, mas nada resaltaba por encima de lo demás aparte, si realmente se quería realzar algún detalle, del suelo de los tres pasillos ante ella recubiertos de enormes raíces que se enredaban entre ellas creando un parterre bastante característico, todo ello envuelto en un mar de hojas secas y rotas. Tres pasillos cayéndose en ruinas al final de un pabellón olvidado…

«Piensa como un dragón.»

—Si soy un dragón… Necesito poder entrar y salir sin problemas.

Las raíces no parecían haber sido pisadas con anterioridad y las hojas muertas ya había sido trituradas y vueltas a triturar con demasiada regularidad. Por otro lado, visto el afán de este ser legendario por la vegetación exuberante…

Decidió lanzar una piedra de tamaño reducido sobre una de las raíces más grandes a su alcance. Nada.

—Ya… claro… Y yo me lo voy a creer…

Respiró profundamente. Su instinto básico le pedía a gritos que no hiciese lo que rondaba por su mente, pero optó por hacerle caso omiso. Por lo que, con mucha cautela, apoyó la punta del calzado sobre una de las raíces e hizo presión.

El susto que se pegaría a continuación la dejaría al borde del grito de terror. No porque hubiese visto una aberración salir de la nada para atacarla, sino porque la raíz que había pisado había empezado a moverse para recolocarse de mejor manera en el pasillo en cuestión arrastrando con ella toda tierra y vegetación que se encontrase de por medio. Segundos después reinarían otra vez el silencio y la quietud.

—Por eso no se ven los rastros… Cambian de posición tras su paso.

No, no habían criaturas asesinas por los subsuelos como ya contaban las leyendas. Lo que sí que había, en cambio, eran especies, seres, de otra época… cuando la magia era común en las calles y no era raro ver hidras en los pantanos del sur.

La ladrona bajó la cabeza. Lo que hubiese dado ella para pertenecer a esos años de caos y, sin embargo, plena libertad…

«Ahora no es el momento.»

Se sacudió y volvió a centrarse. Fuego… Aquella opción que parecía poder resolverlo todo sin piedad. Pero… ¿De qué podría servir quemar unas pocas raíces? No le revelarían el resto de la senda a seguir. ¿Usar a Mika? Dudaba que el roedor recordase el olor después de tanto tiempo pasado y no quería correr el riesgo de perder al animalito a manos o más bien… ¿ramas?... de un árbol enfurecido. En vez de ello, se dedicó sin mucha amabilidad a pisar las raíces de los tres pasillos como una niña pequeña mientras su cerebro intentaba dar con una solución.

—Pasivas son pasivas —admitió más para ella que para un posible ser presente en la sala—. No atacan y casi no se las… oye…

Se adentró de bruces en los tres pasillos y, en cada uno de ellos, dio un pisotón sobre la raíz más gorda. Se quedó quieta. Escuchó.

—El central.

Recolocó su mochila y avanzó rápidamente por el pasillo elegido sin mirar atrás. El secreto no residía en las raíces, ni en las paredes, sino en el conjunto de vegetación casi molida y las piedras encerradas entre aquellos largos apéndices vegetales. El claro sonido a nuez triturada que tanto conocía en comparación al silencio casi absoluto de los otros dos pasillos…

—Este dragón me gusta.

Aunque poco mantendría dicha afirmación al encontrarse otra vez frente a tres largos pasillos que, en esta ocasión, no tenían un pavimento que no fuese puro mármol blanco. Copias y más copias.

—¡¿Qué problema tiene con el número tres?!

No obstante, en este caso, el número tres pasaría de manera fugaz al olvido cuando una sensación placentera empezaría a recorrer su cuerpo desde su mismísimo corazón. Sentía calidez… cobijo…

Cerró los ojos.

—Este camino.

Optó por la derecha sin dudar. Dejó que sus dedos acariciasen la piedra que la rodeaba con ternura mientras avanzaba, su mente en un plano paralelo. La calidez del hogar… ¿Cuándo había sentido esto por última vez?

—¿Ves estos muros, Mika? Detrás ha puesto minerales ígneos como solía utilizar la abuela en la fundición… Fuego… calor… Es un dragón, después de todo. Tiene que dejar su marca de alguna manera. La marca de su esencia…

No se detuvo.

—Estoy segura de que los otros dos pasillos están fríos como el hielo. Pero… —Se puso seria—. ¿No era esta prueba demasiado evidente? Cualquier humano puede llegar a esta conclusión solo. A menos que…

A menos que no fuera una prueba en sí, sino una preparación. Más avanzaba y mayor se volvía el calor, el cual parecía haber sido sacado de las entrañas de la tierra. El mamífero, escondido en la mochila, empezó a asustarse.

—Ya casi hemos llegado. No te preoc…

Se calló. Con un movimiento fugaz miró hacia atrás. Nadie.

«Qué raro…»

No podía detenerse aquí. De hacerlo, acabaría por tener un mikino a la brasa a sus espaldas… y no solo eso.

—Y aquí… se acabó la fiesta.

La prueba insuperable para un humano cualquiera se presentaba ahora ante ella. Una cueva de tamaño desmesurado… posiblemente anterior a la venida del dragón. Enormes estalactitas apuntaban cual lanzas al pavimento y los ruidos, sí, los ruidos, de lava fundida recorriendo la totalidad de la cámara hacían eco contra las paredes casi imperceptibles del final. Llamas imperecederas brotaban de aquí y allá con aleatoriedad, ajenas a cualquier otra variable de aquel sitio. Los posibles caminos por los que se habría podido caminar ardían cuales brasas dispuestas a quemar hasta la última partícula de piel de un cuerpo.

¿Cómo había conseguido recrear este sitio? La joven no tenía respuesta a dicha pregunta. Lo que sí sabía, por otro lado, era porque el dragón dejaba entrar a cualquiera. Nadie podía atravesar este lugar. Hasta las estalactitas parecía quemarte por dentro solo con verlas. Nadie, salvo raras excepciones, podía cruzar lo que con tanta imponencia deslumbraba ante ella.

—En fin… Me temo que ahora que no nos queda otra.

Encerró al roedor para asegurarse de que no hiciese ninguna tontería antes de colocar la mochila delante de su vientre. Se quitó las botas al igual que subió la tela de sus pantalones. Respiró hondo.

—Piensa como un dragón. —Sonrió con malicia—. Sé mejor que un dragón.

Esperó hasta entrar en un estado de calma total. Apartó las manos de su cuerpo unos instantes para apuntar a la lava con ellas. Las posicionó como quien invita a un tercero a acercarse. Esperó… hasta que un conjunto de llamas se aproximara.

Movió lo brazos simulando la danza de una bailarina. Dejó que las llamas la rodeasen, la encerrasen. Dejó que creasen a su alrededor un enorme escudo que la protegiese. En sus ojos comenzaron a encenderse los rasgos de su raza casi extinta, capaces de hacer arder a un enemigo a distancia de así desearlo… o eso decían esas tan famosas leyendas. Ensombreció su cuerpo, sus pies, su piel, cual diamante en bruto recubierto de una dura capa de carbono. Protegió la mochila con las llamas de su propio ser y comenzó su avance lento por el abismo de estas tierras desconocidas.


«Soy mejor que un dragón.»

***

(Colgaré el final de la historia en unos días. Estad atent@s.)

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