sábado, 4 de marzo de 2017

Para La Trotamundos: La coleccionista de postales

Para La Trotamundos: La coleccionista de postales





Cuenta la leyenda que, en alguna parte del firmamento, existe un lugar muy peculiar donde el tiempo no transcurre a la misma velocidad y cada noche es decorada con siete lunas de colores diferentes. Este lugar tan maravilloso es habitado por los creadores de mundo, diseñadores de tierras y mares, naturaleza y elementos. Educados desde su más tierna infancia, los creadores son preparados para las tareas maquiavélicas que les deparará el futuro, séase en grupo o por individual.

Dícese igualmente que, de cada nueva generación, tan solo el, o la, mejor de estos seres excepcionales tiene derecho a crear vida, la más ardua de todas las tareas, pues el simple hecho de permitir que una criatura, bestia, más o menos compleja, sea la que sea, sea capaz de relacionarse, sobrevivir, en el medio en el que se le ha permitido, conlleva por parte del creador una gran responsabilidad… responsabilidad que no siempre se tuvo en cuenta en el pasado. Por este motivo, múltiples exámenes son llevados al cabo, entre los cuales se incluye «el Gran Concurso», posibilidad para cualquier novato de sobresalir con un proyecto nunca visto y sumar puntos de cara a la evaluación final.

He aquí donde entra Dayanaia, una joven creadora que, muy a su pesar y las notas hasta ahora conseguidas, no sabe por dónde empezar. Una cosa era el diseño de un terreno en la nada, otra permitir que la especie idónea residiera allí sin malformaciones, problemas de alimentación… o, al menos, en la menor medida de lo posible. Por más que entre los favoritos estuviese, no dejaba de tirar para atrás sus propios proyectos al compararlos con los de los demás.

—Te estás complicando demasiado la existencia —afirmó alguien que entró de repente en la habitación en la que la joven seguía garabateando conceptos.

—Hermana… —Dejó de lado sus apuntes—. He estudiado las creaciones más recientes, las técnicas con mayor probabilidad de éxito… y nada. Soy capaz de replicar perfectamente algo que ya existe… pero… partir desde cero…

La hermana mayor se sentó junto a ella y acarició su espalda con ternura. «Hermana» no dejaba de ser un término empleado para establecer proximidad entre los creadores, dado que todos provenían de la misma fuente y no se reproducían entre ellos.

—Según tú… ¿qué te falta?

—¡No lo sé! Lo he revisado todo una y otra vez… y, sin embargo… —Miró a la mayor en busca de respuestas que realmente, en el fondo, no necesitaba—. ¿Por qué los demás pueden y yo no? ¿Acaso hay algo en mí… que falte? No lo entiendo.

La hermana le dirigió una leve sonrisa y sacó de entre todos los escritos allí presentes una recopilación de mapas estelares con todas, o casi todas, las creaciones registradas. Buscó la página concreta y señaló su objetivo con el dedo. La pequeña la volvió a mirar extrañada.

—¿Qué ocurre con esta creación?

—Ve allí.

—¡¿Allí?! —preguntó Dayanaia con claro desprecio—. Esa es una creación fallida. El creador se desentendió completamente, además de desaparecer sin dejar rastro. ¿Qué conseguiría yendo allí?

—Dímelo tú —contestó la mayor con otra sonrisa, más jovial que la anterior—. Ve y mézclate con la especie que allí reside. Contempla lo que te rodea, vive lo que ellos viven… entiende cómo han conseguido sobrevivir por más error que fuesen… y tendrás tu respuesta.

—Es una idea absurda.

—Tú hazlo y ven a mí cuando hayas obtenido tu respuesta.



***


Sin nada que no fuese unos ropajes y una metamorfosis para camuflar su origen, nuestra joven Dayanaia decidió hacer su primera aparición en aquello que consideraba, justamente, tierra de nadie.

—La Tierra… Fuente de parásitos…

El «planeta Tierra» nunca había tenido buena reputación entre los creadores. Los humanos, especie nativa, al igual que los mismos parásitos a los que siempre se les comparaba, se aferraban a este pedazo de polvo y agua con todas sus fuerzas, dispuestos a destrozar todo lo que tuviesen a su paso con el simple objetivo de vivir unos años más, el planeta incluido. Una raza destructiva, condenada a su propia desaparición con el tiempo que otros creadores prefirieron marginar, apartar de otras especies para evitar el contagio.

No obstante, una pregunta, y solo una pregunta, seguía en boca de todos. ¿Por qué seguían vivos?

Nuestra joven empezó a caminar, lentamente, observando su alrededor con detenimiento. Seria, concentrada, se sentía como si en cualquier instante una de estas aberraciones fuese a saltarle encima y contagiarla con sus ansias asesinas. No olía bien, unos seres secundarios de metal pasaban sin cesar a su lado a toda velocidad con humo que alteraba el aire y lo transformaba en irrespirable; las edificaciones era altas, idénticas, tristes. ¿Cómo podían vivir así, todos pegados los unos a los otros, pero sin relacionarse? ¿Qué gracia tenía el querer sacrificarse durante los escasos años de estos individuos para que sus sucesores viviesen en esta misma pocilga?

Siguió, sin detenerse, siempre hacia delante. ¿Por qué había venido? ¿Dónde estaba el gato encerrado? ¿Le habían tomado el pelo? ¿Alguien quería su desdicha? ¿Por qué? Tal vez debiera regresar. Aquí no encontraría nada.

Una voz hizo entonces su aparición entre las demás. Suave, femenina… diferente a las de sus hermanas y hermanos. Algo la hacía sobresalir entre las demás… algo que no podía explicar y que, aun así, la llenaba. 

Más allá, en un recinto cerrado recubierto de hierba en el cual, allí y allá, habían repartido estatuas, una chica, no mucho más mayor que ella… creaba estos sonidos, los ojos cerrados. 

Sin saber muy bien por qué, avanzó hacia ella, atraída como una polilla por la luz hasta posicionarse delante de esta segunda. Inconscientemente, esta última acabó por abrir los ojos y, asombrada por su repentina espectadora, se quitó de los oídos unos bloquecitos negros de los que seguía saliendo el mismo sonido que reproducía la chica.

—Es… bonito.

La desconocida, al igual que una hermana, le sonrió.

—¿Verdad? Es de mi cantante favorita. No tengo el nivel para imitarla, pero… —Se sonrojó—. Supongo que me he dejado llevar.

Nuestra joven creadora no supo qué responder. ¿Cantante? ¿Reproducir estos sonidos era ser… cantante? Tan poco sabía ella del tema… Si hubiese al meno…

—¿Quieres escucharla? —Interrumpió los pensamientos de la protagonista—. Ven. Siéntate aquí.

Indecisa, acabó por acceder y se acomodó junto a la otra que, sin esperar más, le tendió uno de los bloquecitos y volvió a adaptar el sobrante en su oído. Dayanaia la imitó.

—¿Lista?

Asintió con la cabeza.

Una ráfaga de extrañas sensaciones empezó a recorrer su cuerpo con la sucesión de palabras, cambios de sonidos de procedencias desconocidas. Nunca había oído, escuchado, nada parecido… y esto la desamparaba. ¿Por qué… cómo… un mundo así…? Tantas cosas que aún no sabía y le quedaban por descubrir… Era cierto que los humanos eran parásitos, pero… con lo que tenían… habían… creado… tanto…

Se dejó llevar durante los minutos que seguían, sin pensar, sin razonar. Parecía como si, por primera vez en su existencia, hubiese relajado su mente. Tantas obligaciones, resultados que obtener… sin realmente entender el significado. ¿Podía ser que, hasta ahora… no había sido consciente de lo que era, de verdad, una vida? ¿Cómo crear pues una… si uno no ha experimentado… lo vivido?

Le quedaba tanto por ver… y lo haría… hasta que sus piernas no fuesen capaces de caminar más.


***


Tiempo pasó antes de que la hermana mayor volviese a ver pasar por aquel umbral a la que con cariño había aconsejado. Dayanaia, instintivamente, se lanzó sobre ella y la abrazó fuertemente, acción que sorprendió a su antecesora. La más joven se apartó súbitamente acordándose del lugar en el que estaba.

—Perdona. Secuelas de la Tierra.

—No pasa nada. —Le señaló la habitación en la que habían tenido aquella última conversación—. Vamos. Tenemos que hablar.

Nuestra protagonista se adelantó y, con un movimiento seguro, abrió un saco de procedencia terrícola. Sin más reparo, vació su contenido sobre la mesa central, lo que reveló un abanico de imágenes, colores, paisajes jamás vistos hasta la fecha. Postales… de múltiples partes del planeta Tierra… con sus respectivas anotaciones. Su nueva vida… sus emociones… sus tristezas… anotadas… en cartoncitos con una pirámide de fondo, la torre Eiffel… Desde el sacrificio de miles de humanos para la construcción de la Gran Muralla hasta la prueba de amor representada con el Taj Mahal… Años y años de historia… años y años de creaciones… salidas de unas mentes simples… unos parásitos ya no tan parásitos a su parecer.

La mayor la cuestionó.

—¿Y bien? ¿Qué tienes que contarme?

—Ya… sé cómo hacerlo. Ya sé lo que significa una vida… y lo que significa sacrificarla o protegerla… La belleza escondida en cada idea… la responsabilidad de cada decisión… Estamos tan equivocados... —Se puso de cara a su oyente para darle más énfasis a sus deducciones—. El creador de la Tierra no desapareció. Decidió quedarse con su creación… porque… porque… la vivía… y la sentía, como parte de su ser.

Una sonrisa más. Una aprobación más.

—¿Entonces? ¿Qué piensas hacer?

Dayanaia apretó entre sus dedos el borde de una postal.

—Crear… algo por lo que viviría… y moriría. Quiero… plasmar mi ser, mi esencia, en cada creación que haga. Lo demás… no… ¿importa?

Recibió una colleja de su antecesora, la cual soltó un suspiro por falta de convencimiento.

—Aún te queda mucho por aprender… peeero… lo has hecho bien. Vas por el buen camino.

Nuestra protagonista se frotó enérgicamente la cabeza dolorida… antes de admitir lo que lleva tiempo esperando confesar.

—Gracias.

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